La noche que un pueblo argentino corrió a tres ingleses
El incidente de Top Gear en la Patagonia en 2014, cuando la provocación de Jeremy Clarkson con patentes alusivas a Malvinas desató la bronca de excombatientes y vecinos de Ushuaia, obligando al equipo británico a huir de Tierra del Fuego.
En la primavera de 2014, el equipo de Top Gear, el programa de la BBC que en ese momento lideraba las audiencias mundiales con 350 millones de espectadores por emisión, desembarcó en la Patagonia argentina para grabar un especial de travesía con tres autos deportivos.
Lo que empezó como una producción más terminó en un episodio que todavía resuena en la memoria colectiva del sur. Jeremy Clarkson, Richard Hammond y James May llegaron con un Porsche 928, un Ford Mustang y un Lotus Esprit cuyas patentes parecían diseñadas para herir: H982 FKL (1982 Falklands), números cercanos a las bajas argentinas y británicas en la guerra de Malvinas.
Un tuit de Autoblog bastó para que la noticia se esparciera como el viento helado de la estepa. De pueblo en pueblo, la bronca fue creciendo. Ushuaia, apenas a 700 kilómetros de las islas, no iba a tolerar la burla.
El 2 de octubre, en la base del Cerro Castor, un grupo de excombatientes de Malvinas esperaba al equipo. La filmación se suspendió de inmediato. Los guías locales, percibiendo el clima, recomendaron que los conductores regresaran al Hotel Arakur y dejaran los vehículos. Pero ya era tarde.
En la puerta del hotel se concentró una multitud de vecinos y veteranos. Las combis de la producción fueron rodeadas, golpeadas y puteadas. Clarkson y sus compañeros terminaron encerrados en sus habitaciones a oscuras mientras afuera crecía la convocatoria por redes.
Las autoridades provinciales intentaron mediar. Del lado argentino, una disculpa pública era condición innegociable. Del lado británico, el silencio corporativo. La conclusión fue clara: tenían que abandonar Tierra del Fuego cuanto antes. Nadie podía garantizar su integridad física.
Clarkson, Hammond y May fueron evacuados de urgencia al aeropuerto. El resto del equipo —32 personas en nueve vehículos— inició una huida terrestre por la Ruta Nacional 3 hacia el norte, buscando cruzar a Chile.
En Tolhuin, la advertencia policial fue terminante: no detenerse bajo ninguna circunstancia. Aun así, camionetas y motos se les pegaron, un camión les cerró el paso y una multitud los atacó con huevos, piedras y maderas. Los vidrios estallaron. Un técnico argentino resultó herido en el rostro.
Los tres superdeportivos, ahora blancos demasiado evidentes, fueron abandonados a la vera de la ruta con las ventanillas rotas. El resto del convoy se internó a campo traviesa, cruzando ríos helados en la oscuridad hasta alcanzar territorio chileno.
Lo que la producción había calculado como ironía británica se convirtió en un recordatorio brutal: hay heridas que no se convierten en chiste televisivo. Malvinas no es material para rating. En la Patagonia, el suelo no olvida a los caídos de 1982.
Más de una década después, el incidente sigue siendo un símbolo de hasta dónde llega el sentimiento nacional cuando se toca la soberanía y la memoria de los que dieron la vida por ella. Clarkson, el mismo que semanas atrás sugirió sancionar a Franco Colapinto “solo por ser argentino”, ya había recibido en carne propia la respuesta de un pueblo que no negocia su honor.