Under en el teatro argentino: qué revela sobre la escena viva y su futuro
Más allá de la definición literal, el under define una forma de hacer teatro que prioriza la experimentación, la cercanía con el público y la resistencia económica. Una guía para entender su rol actual en la cartelera porteña.
El término "under" ha acompañado al teatro argentino desde hace décadas, pero su significado va mucho más allá de una simple categoría de bajo presupuesto. En el circuito independiente, under no es solo un adjetivo económico: es una filosofía escénica que define cómo se crea, se presenta y se vive el teatro en espacios reducidos, con elencos que apuestan al riesgo y a la inmediatez.
En sus orígenes, la palabra remite al "underground" anglosajón de los años 60 y 70, pero en Buenos Aires adquirió un matiz propio. Aquí under implica autonomía creativa total, ausencia de subsidios estables y una relación directa, casi familiar, con el espectador. No hay intermediarios ni grandes estructuras: el director suele ser también productor, el actor atiende la boletería y la sala se arma con voluntades colectivas. Esa precariedad, lejos de ser un defecto, se convierte en motor de innovación.
Lo que distingue al under contemporáneo es su capacidad para transformar limitaciones en lenguaje. Cuando no hay dinero para escenografías monumentales, la luz y el cuerpo se vuelven protagonistas absolutos. Un foco mal ubicado puede convertirse en concepto; un pasillo estrecho, en el sitio perfecto para un unipersonal que rompe la cuarta pared. Esta economía de recursos obliga a los artistas a ser más ingeniosos, a priorizar la dramaturgia sobre el efectismo y a buscar que cada elemento en escena justifique su presencia.
En los barrios de Almagro, Villa Crespo y Boedo, las salas under funcionan como laboratorios permanentes. Allí se prueban formas que luego, en algunos casos, migran a teatros más grandes o incluso al circuito comercial de Corrientes. Pero el verdadero valor no está en ese posible salto, sino en la permanencia: en seguir haciendo temporada tras temporada con la misma honestidad escénica. El público que elige estas salas sabe que va a presenciar algo irrepetible, algo que no tiene red ni repetición en video.
Hoy, en 2026, el under enfrenta nuevos desafíos. La inflación y los costos de mantenimiento de salas ponen en jaque la sostenibilidad, pero también generan respuestas creativas: coproducciones entre compañías, festivales autogestionados y el uso inteligente de redes para convocar público sin grandes inversiones. Lejos de desaparecer, el under se reinventa y sigue siendo el termómetro más sensible de lo que está pasando en la sociedad argentina. Temas como la identidad de género, la salud mental o la memoria reciente encuentran en estas salas un espacio de exploración sin filtros.
Para el espectador curioso, meterse en una sala under es una experiencia formativa. No se trata solo de ver una obra: se trata de formar parte de un ecosistema vivo. Desde el momento en que uno baja las escaleras de un teatro en un subsuelo hasta que se apagan las luces, todo forma parte del ritual. Esa cercanía genera un tipo de empatía que difícilmente se repita en formatos más grandes.
El under no es mejor ni peor que otras formas de teatro; simplemente es distinto. Y esa diferencia es su mayor fortaleza. Mientras exista un grupo de artistas dispuestos a contar historias con lo puesto y un público dispuesto a acompañarlos, el teatro independiente argentino seguirá latiendo con fuerza. Porque al final, under no es un lugar físico ni un presupuesto: es una actitud frente al arte en vivo, una forma de decir que el teatro importa incluso —y especialmente— cuando parece imposible.